La muerte como espejo: cuando la vida se revela

Hace poco murió el padre de un buen amigo y su pérdida me dolió. No por la relación con él, sino por lo que su ausencia desató en mí.

La muerte, aunque ajena, tiene ese poder: nos sacude, nos despierta, nos recuerda lo que preferimos olvidar.

En medio de ese momento silencioso, entre miradas tristes y frases cortas, algo dentro de mí se quebró. No por él, sino por todo lo que he dejado pasar creyendo que tengo tiempo. Por los abrazos no dados, las llamadas postergadas, las palabras que nunca dije.

La muerte tiene la extraña capacidad de volverse un espejo. Nos hace ver lo que realmente importa y lo frágiles que somos.

Me cuestioné.
¿Estoy viviendo como si la vida fuera eterna?
¿Estoy amando de verdad?
¿Estoy presente para quienes me rodean?

Y la respuesta no me gustó del todo. Ese día entendí que no hay que esperar a perder para valorar. Que no necesitamos tocar el fondo para empezar a vivir con sentido. Que estamos aquí por un instante… y ese instante merece ser vivido con gratitud, con entrega, con intención.

No somos invencibles. Somos humanos. Y eso, aunque a veces duela, también es hermoso. Porque ser conscientes de lo frágil nos hace más fuertes. Desde ese día, decidí estar más presente. Escuchar con atención. Dejar de posponer afectos. Cambiar quejas por gratitud.

La muerte no es solo un final. También puede ser un principio.Un punto de partida para volver a valorar lo esencial. Y aunque esa pérdida no fue mía, algo en mí también se fue… y algo nuevo empezó a nacer.

— Armando Mena

Comentarios

Entradas populares