NO FUE EL MUNDO… FUI YO DEJANDOME ATRAS EN EL CAMINO

 

El amor propio no siempre comienza como una decisión firme ni como una promesa clara. A veces aparece como una incomodidad difícil de explicar, una sensación persistente de que algo dentro de nosotros ya no está en su lugar. Es ese momento en el que, aun teniendo todo aparentemente en orden, sentimos que algo falta. Y lo que falta, casi siempre, somos nosotros mismos. Porque abandonarse no sucede de un día para otro; ocurre lentamente, en pequeños gestos que parecen insignificantes, pero que con el tiempo nos van alejando de lo que somos.

Nos abandonamos cuando dejamos de escucharnos, cuando priorizamos el ruido externo por encima de nuestra voz interna. Cuando aceptamos situaciones que no nos hacen bien, cuando justificamos lo injustificable, cuando nos adaptamos tanto a los demás que terminamos desconociéndonos. Y lo más complejo de todo es que muchas veces lo hacemos creyendo que es lo correcto, que es lo necesario, que es lo que toca. Nos enseñaron a resistir, a sostener, a no rendirnos… pero pocas veces nos enseñaron a no abandonarnos en el proceso.

Hay una forma de traición que no se ve desde afuera: la que ocurre cuando nos fallamos a nosotros mismos. Cuando decimos “sí” queriendo decir “no”, cuando callamos lo que sentimos por evitar incomodidades, cuando permanecemos en lugares donde nuestra paz se desgasta. Esa traición no deja marcas visibles, pero deja una sensación profunda de desconexión. Y con el tiempo, esa desconexión pesa. Pesa en el cuerpo, en la mente y en la forma en que habitamos nuestra propia vida.

Sin embargo, siempre hay un punto de quiebre. No necesariamente dramático, pero sí revelador. Un momento en el que algo dentro se cansa, se despierta o simplemente se hace imposible de ignorar. Es ahí donde aparece la conciencia. Donde dejamos de mirar hacia afuera y empezamos a preguntarnos qué estamos haciendo con nosotros mismos. Y aunque esa pregunta incomoda, también abre una puerta: la posibilidad de volver.

Volver a uno mismo no es un acto inmediato ni sencillo. No es una decisión que se toma una vez y ya está. Es un proceso, a veces lento, a veces incómodo, que implica reconstruir la relación más importante que tenemos: la que tenemos con nosotros mismos. Implica aprender a escucharnos otra vez, a respetar lo que sentimos, a reconocer nuestros límites sin culpa. Implica entender que elegirnos no es egoísmo, sino una forma básica de cuidado.

El amor propio, en su forma más real, no se encuentra en discursos ni en frases bonitas. Se encuentra en las decisiones que tomamos cuando nadie nos está viendo. En lo que dejamos de permitir, en lo que decidimos soltar, en los espacios que elegimos habitar. Está en la coherencia entre lo que sentimos y lo que hacemos. Y muchas veces, también está en la valentía de irnos de donde ya no somos.

Recordar no abandonarse otra vez es, en el fondo, un compromiso silencioso. No es una promesa perfecta ni definitiva, porque somos humanos y vamos a fallar. Pero sí es una intención consciente de no quedarnos demasiado tiempo lejos de nosotros mismos. Es aprender a detectarlo antes, a regresar más rápido, a tratarnos con más honestidad y menos dureza.

Tal vez no se trata de no perderse nunca más. Tal vez se trata de saber volver. De reconocerse incluso después de haberse soltado. De entender que siempre hay una parte de nosotros esperando ser elegida de nuevo. Y que cada vez que lo hacemos, aunque sea un poco, estamos construyendo algo mucho más fuerte que cualquier abandono: estamos construyendo una forma real de amor propio

Comentarios

Entradas populares